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De Kafka y Milena al «love-sexting»: en defensa del amor romántico en el siglo XXI

paperllull.  BARCELONA,  28/06/2020
JUANA DOLORES ROMERO CASANOVA

¿El amor es una cuestión binominal o colectiva?¿ Qué lugar ocupa el poliamor en nuestra realidad? La poeta y actriz Juana Dolores Romero reflexiona sobre el amor romántico en este artículo.




«La ausencia del amor no consiste en que no aparezca en episodios, en pasiones, sino en su confinamiento en esos estrechos límites de la pasión individual descalificada en hecho, en raro acontecer. Y entonces viene a suceder que aún la pasión individual —personal— queda también confinada en forma trágica, porque queda sometida a la justicia.»

Dos fragmentos sobre el amor, María Zambrano

«No te atrevas a decirme que no estoy enamorado» '

Brazy', Andromicfms 4, Yung Beef

«Tú enviándole whatsapps y ella dejándotelos en check»

 'Daniela Bregoli', Andromicfms 4, Yung Beef

Desde los feminismos, hace años de lucha que insistimos y nos esforzamos -a menudo, a regañadientes- en deconstruir el amor romántico que, parece, lo hemos entendido, lo entendemos, lo hemos sentido, lo sentimos, lo hemos vivido, lo vivimos, como un sistema que idealiza y materializa las relaciones afectivas y/o sexuales en pro de las dinámicas de la violencia heteropatriarcal. De lo contrario, ante la asepsia pasional que caracteriza nuestra contemporaneidad, que no solo atraviesa el entendimiento, el sentimiento y nuestras vidas, sino, también, nuestras ideologías -entendiéndolas como la precipitación de lo ideal en lo real y , por tanto, como el colmo del pensamiento, independientemente de su objeto y de su ética y/o moral-, algunas feministas hemos criticado, criticamos, a capa y espada, aunque ahora, la supremacía de la razón hacia los afectos. Hago énfasis en la “capa y espada”, aunque ahora para que esta crítica es intrínsecamente romántica como, originariamente, el romanticismo surge contra la visión cientificista del mundo, propia del proyecto ilustrado, transfigurada, hoy, en el empeño, extraño y perverso, por la correcta y saludable gestión de nuestras emociones.

La constatación histórica, intelectual y artística del romanticismo, por una parte, y la voluntad feminista, ingenuamente contradictoria, de liberarnos del dolor, por la otra, evidencian la mediocridad de las inercias ideologizadoras y la complejidad de establecer dialécticas entorno el amor que, lejos de someterlo a juicios de valor políticamente correctos, deberían estar a la altura de su potencia inalcanzable. Mientras el activismo posmoderno mal conceptualiza lo romántico, la jerarquización de los afectos, la cosificación del sentimiento y la emoción, y la normativización del deseo, son algunos de los mecanismos que la capitalización de nuestra capacidad de sentir articula para la óptima sistematización neoliberal que constituye las relaciones de poder como únicas e inamovibles posibilidades de relacionarse con el otro, de amar al otro.

En plena crisis sanitaria y socioeconómica, desde el privilegio del hogar, en general, y del hogar interconectado, en particular, la virtualización de muchas de nuestras realidades amorosas ha culminado en una ciber-correspondencia afectiva -a menudo, sexoafectiva o exclusivamente sexual - que ha paliado, en mayor o menor medida, las consecuencias emocionales de la distancia social; porque como tuiteó en su Twitter Rita Rakosnik, «Todo se aplaza, menos el corazón». La propia naturaleza de amar, en un contexto de pandemia mundial, ha hecho patente que las (a)lógicas individualistas neoliberales tambalean a la mínima que el aislamiento es desacomplejadamente impuesto, y las plataformas digitales que han contribuido, contribuyen, a la crisis del contacto, se han adaptado a la excepcionalidad de la situación a cambio de, eso sí, seguir comercializando, virtualmente y material, con nuestra afectividad y salud mental: desde el "Here for you" de Snapchat, un conjunto de herramientas con la función de ofrecer apoyo psicológico a sus usuarios, hasta el match internacional de Tinder.

Muchas son las correspondencias de artistas y literatos que documentan la pulsión amorosa y su heterogeneidad cuando no existía la inmediatez de los correos electrónicos, los Whatsapp o los DM de Instagram, cuando tan sólo las cartas acortaban la ausencia y el alejamiento, cuando solo el emisor y el receptor eran los únicos protagonistas de la intimidad compartida y ninguna fecha broker la reducía a una simple mercancía. La carta a Amazona de Marina Tsvietáieva, también las del verano de 1926 entre ella misma, Rainer M. Rilke y Boris Pasternak; el amor de Vladimir Maiakovski por Lilia Brick que acabaría para siempre con el suicidio del poeta de la revolución rusa; June Mansfield, Anaïs Nin y Henry Miller; Virginia Woolf y Lytton Strachey, o Vita Sackville; Gustave Flaubert y George Sand; Antonin Artaud y Génica Athanasiou; Ingeborch Bachmann y Paul Celan, Ferran Soldevila y Rosa Levenori; y tantos otros epistolarios, son algunos de los testigos que, más cercanos o más lejanos en el siglo XIX, corporifican el absoluto romántico, en el sentido más estricto del término, por su exaltación del sentimiento, del erotismo, de la fantasía.

«[Em dius] que has rebut moltes cartes i et fas un embolic, tot coses encoratjadores. Per què no em dius, francament, que et cansen o que no t’interessen ja?, que tens altres coses en què pensar, més noves, més interessants? Digues-m’ho, digues-m’ho d’un cop, a veure si puc arrencar-me aquest amor que m’obsessiona i que és la meva vida i la meva mort! Però no m’ho diguis, amor, no podria resistir-ho. Tingues compassió de mi, si el record de la teva afecció pretèrita t’és encara agradable, menteix piadosament… Però no, no és possible, si fos veritat, si el meu amor era per tu, només un episodi, em mataria…» [1]

Sin embargo, aunque la tiranía de Internet nos lleva a la melancolía y a la nostalgia de historias sin intermediarios ni interferencias digitales, el amor desborda y es capaz de adoptar formas tan triviales como la de un subtweet o la de una publicación en Facebook, o trasladar la intensidad de la relación entre Franz Kafka y Milena Jesenská a nuestras experiencias virtuales a través del love-sexting, que, tal vez, como ellos, por suerte o por desgracia, procuraremos materializar en algun encuentro, o en más de uno, o en más de dos que, probablemente, tarde o temprano, acabarán en otra relación sentenciada al fracaso sentimental de nuestra generación, privada del frenesí y marcada, consecuentemente, por el desamor. Imposible defender, pues, que amar es una construcción sociocultural al servicio de ninguna ideología; en todo caso, lo es la dificultad de hacerlo asumiendo la responsabilidad de la totalidad de su complejidad en un marco contextual de hipercontrol y bloqueo emocional, de simplificación de los afectos.

«Sempre vols saber, Milena, si t'estimo, però aquesta és una pregunta difícil que no es pot contestar per carta (ni tan sols a l'última carta de diumenge). Si ens veiem aviat, segur que t'ho diré (si no em falla la veu).» [2]

«Amable i pacient, jo sóc així? De veritat que no ho sé, només que un telegrama com aquest fa bé, per dir-ho així, a tot el cos, i de fet és només un telegrama i no una mà estesa.» [3]

«Deixant de banda les coses que hi pugui haver entre tot el que escrius a la carta –entre totes aquestes coses, la por, etcètera–, i que em repugna, no perquè sigui repugnant, sinó perquè el meu estómac és massa delicat, deixant de banda tot això, potser és més fàcil del que dius. Més o menys així: un ha de suportar la imperfecció solitària, a cada moment, però la imperfecció entre dos no l'ha de suportar. No té ulls per arrencar-se'ls i el cor amb la mateixa finalitat? I a més, tampoc no és tan greu, és exageració i mentida, tot és exageració, només és veritat el desig, que no es pot exagerar. Però fins i tot la veritat del desig no és tant la seva veritat com l'expressió de la mentida de tota la resta. Sona molt retorçat, però és així.

Potser tampoc no és realment amor quan dic que ets el que més estimo; amor és que tu per a mi siguis el ganivet que faig servir per furgar dins meu.

Per cert, tu mateixa ho dius: 'Nemáte síly milovat' (No tenen força per estimar),i amb això encara no hi ha prou diferència entre 'animal' i 'ésser humà'?» [4]

El feminismo anticapitalista será romántico o no será; nunca se convertirá, en cualquier caso, si no reconquistamos nuestro derecho a la pasión, tan criminalizada y banalizada en nombre de la libertad, la igualdad y la sororidad en una sociedad en la que impera la censura sentimental, ya sea con fármacos, ya sea ​​con consignas, por deber o por culpa, o en el peor de los casos, por inercia ideológica. Problematizar el amor es redundante porque ya lo es, en esencia, de problemático, y pretender sustituir por un espectro axénico, socioculturalmente y político, es deshumanizarlo, es condenarlo al confinamiento, es protegernos y salvarnos aunque deseamos, desobedientemente, exponernos a vivir la mínima punzada que nos haga sentir que personificamos sujetos de agencia y no objetos gestionables y categorizables en función de su productividad afectiva.

Una de las no-correspondencias capitales de nuestro siglo es, sin duda, la que mantiene Angélica Liddell con Dios a lo largo de gran parte de su obra dramática; como si la única libertad de la que pudiera disfrutar el sujeto posmoderno, que es fragmentado y obligado a contemplar el espectáculo de su propia fragmentación, fuera apelar al misterio, fuera interpelarle por la falta de instinto cuando la vida es reducida a fases.

«Cómo es posible que no haya locos caminando sobre la corriente del río, cómo es posible que no haya locos revolcándose en los charcos, cómo es posible que no haya locos medio desnudos inclinados sobre los puentes, cómo es posible que los bosques no estén llenos de locos corriendo despavoridos y muertos de amor... ¿Cómo es posible, Señor, cómo es posible que no estemos todos locos de amor?». [5]

Contra la sensación de estado de alarma permanente, defendiendo que somos poliamorosos por defecto y por virtud; defendiendo que es aquí donde radica la conciliación entre el individuo y la comunidad; defendiendo que el amor no es una cuestión binominal, sino colectiva; debemos reivindicar nuestra condición de mortales, la propia fragilidad espiritual y carnal, y superar el gran miedo a sentirnos indefensos. Del mismo modo que Camille Paglia luchaba por su derecho a arriesgarse a ser violada, yo exijo el derecho a correr el riesgo de enamorarme.

 

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[1] Cartes d'amor i d'exili, Ferran Soldevila, Rosa Leveroni, Viena Editorial, 2009.

[2] [pàg 161, Praga, 3 de juliol de 1920, divendres] Cartes a Milena, Franz Kafka, traducció de l'alemany i notes de Clara Formosa Plans, Quid Pro Quo edicions, El Gall Editor S. L., 2018. 

[3] [pàg 187, Praga, 7 d'agost del 1920, dissabte] Cartes a Milena, Franz Kafka, traducció de l'alemany i notes de Clara Formosa Plans, Quid Pro Quo edicions, El Gall Editor S. L., 2018. 

[4] [pàg 250-251, Praga, 14 de setembre del 1920] Cartes a Milena, Franz Kafka, traducció de l'alemany i notes de Clara Formosa Plans, Quid Pro Quo edicions, El Gall Editor S. L., 2018. 

[5] [pàg 38, 3. Preguntas a Dios, 'Primera carta de San Pablo a los corintios, Cantata BWV 4, Christ Lag in Todesbanden'] Ciclo de las Resurrecciones, Angélica Liddell, La uÑa RoTa, 2015

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